Martes, 23 de junio de 2009

DIEZ AÑOS SIN LUIS CARRIÓN (Algo sobre su muerte) [1]

Por Francisco Gabriel Binzhá

 

 

 

 

POSEEDOR DE UN LENGUAJE DESCONOCIDO del que la traducción era un aturdido acto suicida –desconcertante para unos, sublime para otros-, en el que lo corpóreo era el perfecto lienzo para desatar la impotencia cercenada por la locura y los estragos negros de un mundo en desigualdad, los ecos de los pasos que aún siembra el escritor Luis Carrión desde algún prisma del universo de la marginación y el olvido, reclaman el sitio asignado para él desde tiempos ancestrales por dioses antiguos y viejos. Diez años han cumplidose el pasado uno de junio desde la autodestrucción que como única fortuna reservaba nuestro autor. Diez años de un suicidio no reclamado aún por nadie. Diez años de un acto subordinado al signo de la sobrevivencia. Luis Carrión Beltrán, catalogado por algunos como escritor veracruzano, aunque a decir verdad, su alumbramiento tuvo lugar en el hospital Inglés un tres de mayo de 1942 en el Distrito Federal, y registrado posteriormente ya bajo la sombra de la mítica Casa de los Altos, allá, en San Andrés Tuxtla, culminó sus horas de angustia y melancolía, en el dormitorio de su departamento, en Villa Olímpica, al sur de la Ciudad de México.

            Ganador del premio Primera Novela convocado por el FCE en 1974 por su novela El infierno de todos tan temido (obra que sufrió los malos manejos de la editorial y del Estado ejercido por Luis Echeverría, dado su contenido político y de denuncia a las instituciones psiquiátricas, lo que orilló a la restricción de una buena distribución de los nimios ejemplares que sacaron a la venta y al embodegamiento del resto), autor de la novela Otros te llaman, del libro de cuentos Es la bestia, formó parte del grupo fundador de la cinematográfica Marco Polo, guionista de la película El infierno de todos tan temido dirigida por Sergio Olhovich, co-guionista de Los Albañiles de Vicente Leñero y de La otra virginidad de Juan Manuel Torres, y colaborador de la revista Estrategia, entre otras cosas.

LUIS CARRIÓN en 1973.

Pocos saben sobre la muerte intraducible de un escritor marginal, sobre el aislamiento del que presa fue. Porque es preciso señalar que no fue un escritor desconocido pero sí marginado, obligado a bordear la hosca pobreza, por sus convicciones de hombre libre y sus afinidades socialistas. Muchos podrían inmiscuirse en la cavilación dubitatoria de si el deceso del autor fue más que otro de sus intentos de suicidio, otro más de los realizados a lo largo de su vida, uno más dentro de sus pretensiones, uno fallido. Uno en el que el tiempo no estuvo a su favor. Pero eso sería inútil.

            Sobre los antebrazos del escritor se dibujaban los distintos ensayos de muerte que en vano había solicitado, que había transfigurado en la contemplación de un mundo mejor que no parecía llegar. Su mente conservaba frescos aún los gritos desorbitados que en los muros de los sanatorios siquiátricos impregnados sonaban. Aquellos gritos de los que fue testigo y protagonista. Descarnado dios parido en un mundo terrenal de infiernos de insulina y temblores de electrochoques. Porque a Carrión le hacía falta la sustancia de nombre serotonina, lo que lo atisbaba a desbocarse en profundas depresiones o exaltadas euforias. Sumado a esto la infancia y juventud negra que cargaba sobre sus hombros.

            El suicidio construido por Luis Carrión fue planeado semanas antes de aquel uno de junio. Fue ensamblado poco a poco, observando los errores que podían emerger y truncar el deseo. Fue una muerte premeditada. Gozada y temida ante el vacío que la vida le brindaba. Una especie de náusea interminable en la que era preciso o la resistencia o la debacle.

            Exhausto de que sus libros no fueran considerados por alguna editorial para alguna reedición (de la que aún en la actualidad no gozan), desdeñado por su conocido gusto violento hacia la bebida, olvidado por otros, sumido en la pobreza y corrompido por el quebranto de su matrimonio, Luis Carrión le comenta a Juan Carlos Castrillón –escritor, quien había sido su alumno en el tiempo en que impartió cátedra en la SOGEM, y a quien consideraba un amigo, incluso su “hijo adoptivo”-, a inicios de mayo, su determinación por el suicidio. Su manera de desaparecer coronada por una cruda paz, por la inteligencia de quien conoce el paso siguiente y el tiempo en transcurso lo torna en deleite. Juan Carlos lo comprende, sabe el significado de las palabras de su maestro, quien ya ha abordado la barca de Caronte y sólo resta que le dé el óbolo para iniciar el viaje. El rostro de Castrillón promulga el gesto de aquel que aún quiere persuadir al destino. Carrión, conocedor del destino, le sugiere que no lo intente, el designio ha sido trazado y sólo resta aguardar las horas en que sucumbirá bajo el silencio hermoso de la comprensión.

            El uno de junio la euforia desbordada por Luis es grande. Por alguna razón su esposa le ha expresado vía telefónica (residía con sus hijos en San Andrés Tuxtla, Veracruz) la posibilidad de que vuelva a su lado. Dicha mañana lo visitan Rufino Perdomo –antiguo compañero de Estrategia- y un médico de apellido Guzmán, Eduardo Guzmán, con quienes desayuna.

            Retirados los invitados Carrión enciende el televisor. El encuentro entre los equipos de sóccer, Guadalajara vs. Toros Neza, pronto iniciaría. Una de las últimas llamadas que realizaría fue a Jorge Fons, que al no encontrarse en casa, le deja un recado en la contestadora, pregonando la futura derrota del Guadalajara, a según de él.

            Se sabe que una de las penúltimas llamadas realizadas por la tarde fue a sus hijos y a su esposa. Se sabe que lo que desquebrajó el espíritu esperanzado de nuestro escritor fue la negativa de su esposa de volver con él, porque analizando la situación, las cosas al volver a su lado serían las mismas que antes, problemas matrimoniales, insultos, pobreza. Se sabe que luego de esta derrota le llamó en su desasosiego a José Agustín. Se sabe que minutos después de las cinco de la tarde de aquel uno de junio de 1997 Luis Carrión aún estaba enhiesto pero con la destrucción por dentro. Y en algún momento del anochecer haría el trueque con Caronte para que el viaje al inframundo comenzara.

            El hierro afilado de una navaja fue el que quebró las venas de sus pies, como si no quisiera ensuciar la historia pasada registrada en sus antebrazos. Una botella de vodka bebida completa lo abismo junto con todas las pastillas que encontró (las cuales se dosificaba diariamente, por prescripción médica) a la negrura de la nada. Se recostó en la cama y encendió un cigarro. Fue la luz desprendida del tabaco la que inicio el viaje último, al vaivén en que la sangre era absorbida por el colchón. Nada le preocupó ya. Estaba en soledad. Con la paz que una puerta obstruida desde dentro brinda.

            Así murió Luis Carrión aquel primer domingo de junio de 1997. Una muerte tan marginal como su misma vida, vida a la que es tiempo de reconocer en las arcas de la literatura nacional.



[1] Francisco Gabriel Binzhá, “Diez años sin Luis Carrión. (Algo sobre su muerte)” en Metate (periódico de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM), 17, Sept., 2007, p.4. (Sección Metlapilli)

 


Tags: Literatura

Publicado por pacobinzha @ 20:37
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